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nrgumeno
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Curiosamente ante la necesidad de entendimiento la palabra se volvió fuente de malos entendidos. Cuando la palabra era solo referencia a lo concreto, se inició la existencia de un mundo. El árbol existía, pero cobró otra dimensión y existencia cuando fue nombrado como tal, aquél hombre existe cuando va por la calle y alguien grita su nombre.

Después hubo que decir otras cosas, cosas que no eran por sí, cosas de existencia incierta o al menos discutible, cosas presentidas a pesar de las pruebas de laboratorio... y es natural que siendo el sistema lingüístico una organización lógica de vocablos, fonemas y grafías se las viera de complicaciones para explicar lo alógico.

(Nota: decimos alógico no por carente de razón, sino por pertenecer a un sistema lógico paralelo y distinto al sistema corriente)

La palabra árbol implica en si misma la existencia de un árbol, e incluso la imagen de un árbol. La palabra dolor no implica por si nada y la convención colectiva sobre el sentido del dolor es perfectamente discutible y, por supuesto, no homogénea. No hay dolor en la palabra dolor y entonces quién escucha o lee retraduce la palabra a partir de un concepto particular y personal de su propia idea del dolor. La palabra es una referencia nebulosa en estos casos, incierta e insinuante en el mejor de los resultados.

En el discurso oral la palabra se suma a otros recursos: los timbres de voz, las miradas, la corriente entre oradores, la gestualidad del cuerpo y facial.... el discurso se compone de la palabra y el entorno circunstancial donde se enuncia. En el caso de la palabra escrita estamos ante el discurso desnudo, ante la palabra en su plena suma de insinuaciones y posibles sentidos; la palabra escrita no sólo propone diversos sentidos, sino que invariablemente está expuesta a diversas interpretaciones.

¿Qué estado anímico, timbre de voz, mirada poseía el escritor? ¿qué estado anímico, tiempo, espacio, posee el lector? Ninguno de los dos lo sabe; al entrar en el terreno de la lecto-escritura encontramos que ambos van, uno y el otro, hacia un encuentro donde sus percepciones van a saldar, o lo intentarán o no, los recursos que rodea el discurso oral y que carece el discurso escrito.

Así como hay personas que nunca nos caerán simpáticas sin causa alguna, cuando se produce el encuentro entre lector y escritor entran en juego factores emocionales aleatorios; en verdad un texto que nos gusta no deviene del genio del autor, sino que existe en el acto una predisposición fortuita del lector, incluso no está mal creer que un texto que nos seduce, emociona, en realidad no nos está diciendo otra cosa que aquella que ya sabíamos, sospechábamos o esperábamos leer. La afinidad entre lector y escritor es, posiblemente, humana y latente con anterioridad al acto de encontrarse en el texto.

La palabra escrita dice menos aun, si en el acto de leerla y/o escribirla no existe un espacio de reflexión y apropiación de ideas; a diferencia de la emocionalidad directa, quizás impulsiva, del intercambio discursivo oral, la palabra escrita altera el concepto de instantaneidad de la emoción. El texto de algún modo atraviesa tiempos distintos que la fugacidad emocional. Sin esa voluntad de apropiación de ideas; algo así como una forma de ir a la búsqueda del otro extremo de lo escrito, la grafía de las palabras no es más que un dibujo en una superficie, a veces sólo una mancha.

Saber leer es más que la capacidad de descifrar símbolos, se trata de descifrar sistemas complejos de articulaciones conceptuales, de intuiciones alógicas expresadas por un sistema alógico que se vuelve figurativo en la aplicación.

Escribir es más que el mero acto de decir, es la construcción de un símbolo que en muchos casos solo está enunciando un símbolo mayor.

La comunicación humana no solo es el intercambio de palabras o emociones, es un juego de universalidades que buscan expresarse de tantos modos que es infinita su formulación.

Como dije al principio: Curiosamente ante la necesidad de entendimiento la palabra se volvió fuente de malos entendidos; aunque el error quizás consista en la la sola creencia, afirmación, o busqueda de un extremo: el de entender... la necesidad de entender y ser entendido y la negación unilateral completa de lo que no se entiende o no nos entienden, ni podemos entender. Simplificación que nos nos sirve de mucho ni para vivir, ni para pensar, ni para leer o escribir y por tanto para comunicarnos.
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