Ay caramba! como cansa vivir en este país e estar mirando, y mirando, y mirando... y viendo siempre lo mismo.
La Argentina de los argentinos
Hoy el mundo tiene entre sus temas la realidad Argentina y su situación política, económica y social, tema como tantos otros que se aborda desde muchos y variados puntos de vista e intereses.
Lo cierto es que la inmediatez y vértigo de los acontecimientos de la crisis argentina dejan poco espacio para una reflexión de las causales que han desembocado en este cuadro de desesperación y tristeza.
¿Cómo es posible que un país que contiene los cuatro climas, inmensas extensiones de tierra fértil y que en algún momento estuviera entre los primeros del continente y del mundo se arrastre maltrecho y sin esperanza en este siglo recién iniciado? Son, por supuesto, una suma de factores exógenos e intestinos lo que dan este resultado, pero cuando ya se da por sentado la realidad de un post-modernismo sin utopias cuyo eje es un capitalismo salvaje que se autodefine de esa forma sin pudor, es bueno volver a un viejo, eterno quizás, factor que se soslaya o se mal precia: El pueblo, la gente.
La historia de la República Argentina es un debatirse interno, una contradicción personal de sus individuos, su origen, de la naturaleza misma de su identidad y topología como sociedad. El pueblo, esa suma colectiva, ese flujo vital de una sociedad no sólo derroca gobernantes a cacelorazos, o padece el hambre y enfrenta la policía montada; el pueblo es también copartícipe de los procesos que han llevado a esta realidad dantesca. Gobierno, estado, políticas, son palabras comunes que los argentinos manejan con soltura en su discurso cotidiano, pero hay conceptos que el pueblo ha eliminado de su vocabulario hace veinte años, entre ellos: Sociedad Civil y responsabilidad civil.
Es bueno profundizar en eso, porque quizás hay ahí un síntoma claro de que le ocurre a ese pueblo que hoy se desangra y desespera frente a un futuro que pocos augurios buenos pone en el cielo.
La represión violenta y organizada de los gobiernos militares iniciados en el 1976 hasta el 1983 contaron, quiérase o no, fuera de las parcialidades y distintos enfoques, con el apoyo, por omisión al menos, de gran parte de la sociedad civil argentina. Error que no importa censurar ahora pero que si importa ver en tanto y cuanto no fue debatido y mucho menos asimilado por esa sociedad. La democracia, que el presidente Raúl Alfonsín proclamaba en 1983 capaz poderse curar, educar y de dar de comer, dejó al pueblo tranquilo en que el propio concepto de democracia era suficiente para quedarse espiando de costado sin su participación más allá de la emisión de voto obligatorio.
El grotesco Menemista, donde la corrupción de mafia organizada se apropió de los restos de un estado malvendido, le pasó de largo a un pueblo que luego de muchos padecimientos prefirió ver como la venta de las joyas de la abuela (patrimonio nacional) le permitían comprarse su heladera o, en el mejor de los casos, obtener un crédito ficticio para hipotecarse en la pesadilla de la casita propia.
Cuando se voltea un gobierno y se cambian en quince días cuatro presidentes más porque no existe un espectro político confiable ni una aplicación elemental de las normas jurídicas constitucionales, es justo decir que la Sociedad Civil está mostrando una ausencia e inoperancia semejante a la de sus fracasados gobernantes. Porque lo cierto es que la gente, el pueblo argentino, salió a la calle espontáneamente a decir lo que no quería, salió en esa colectividad que da la impotencia de uno sumada al otro, pero no salió a reclamar un tipo de sociedad concreta, no salió impulsando un verdadero discurso y mucho menos dándole una repuesta a la realidad futura, apenas le dijo no al ahora.
Al hacerlo se encontró con las mismas caras de hace más de cuarenta años, con los mismos de siempre a los que, quiéralo o no, esa sociedad estuvo engordando a partir de su indiferencia traducida en permisividad. Esa sociedad que no supo ni sabe articular discursos tampoco supo parir nuevos cuadros dirigentes, no supo asumirse a sí misma en sociedad civil.
Si es verdad que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, el ciudadano argentino deberá asumir que padeció y aún padece el desgobierno que se merece. Un desgobierno que no hace más que reflejar su propio desprecio colectivo por las normas jurídicas, la solidaridad, el compromiso humano, el sentido común.
Los últimos tres expresidentes argentinos serán juzgados por la historia por un absurdo imposible: Perderse las posibilidades de figurar en la historia grande de un país y quizás un continente. El pueblo argentino debe hoy, ahora, replantearse eso también como sociedad civil: Su fracaso histórico, su responsabilidad en la corrupción, su incapacidad ya no de vivir en un orden jurídico sino, simplemente, civilizado y ético.
Flotando las primeras medidas del presidente Eduardo Duhalde (salido de la galera de alguna pagina de Alicia en el país de las maravillas) en la atmosfera de un país desgobernado, el pueblo empieza a presentir que el futuro le va a cobrar el pago de cuarenta años de comodidad incómoda. Las medidas son las previsibles en este marco, las que pueden ser, apenas eso. Y ya se enuncia con toda su fuerza la realidad postmoderna, las presiones de España, la avaricia sin límites de Repsol, la picardía criolla de comerciantes que acaparan medicamentos o remarcan desaforadamente el azúcar, la harina.
En este contexto salvaje sólo hay una salida, sólo una a pesar de los mil factores que se concatenan para crear la realidad: el hombre individual, donde se dirime la eterna lucha del bien y el mal, y la sociedad civil que este hombre conforma uniéndose.
La Argentina ya ha practicado mucho el sálvese quien pueda. Nadie se salvó. Ahora no tiene otra cosa que mirarse para adentro, sostener manos con manos y afrontar lo que le toca, sólo la solidaridad, el sentido común, la ley, el sacrificio consciente y planificado le permitirán sortear un futuro de hambre, de presiones internacionales, de lobos capitalistas, de vivillos de industria nacional (esa sola industria que es la única que tiene en pie).
Es histórico el cacelorazo de un pueblo harto, pero la verdadera oportunidad histórica de la sociedad civil argentina, esta ahí delante, en el futuro mediato y inmediato. Quiera la voluntad colectiva asumir su verdadero y pensado mea culpa, y no perder la posibilidad que ya perdieron todos sus dirigentes.