Ohhh dios... cuantas cosas he escrito al rábano!!!!
Argentina, Un país sin discurso.
Pareciera absurdo que en un país desgarrado, herido de guerra, donde la realidad es un grotesco cruel que va desde la carencia de lo elemental, hasta la ruptura del tejido social y su resultante perdida de dignidad individual, pensemos en palabras.
Pero es un signo de la crisis argentina que el último y único recurso de expresarse de todo una sociedad sea el golpear rabioso de cacerolas.Una sociedad sin voz, sin discurso, es una sociedad imposibilitada de pensarse, ser y reconstruirse.
La palabra es eje de lo humano, del hombre individual y de sus sociedades. En un sentido semiótico la palabra teje y se entreteje el entramado complejo de la textualidad del hombre, su realidad y sustancia, su sueño, sus símbolos y futuros imperfectos pero anhelados.
Jorge Luis Borges, un argentino a su pesar, habló de un universo construido de palabras, luego escrito pacientemente por centenares de escribas durante incontables generaciones que se sucedían unas otras hasta que ese invento de la imaginación adquiría una existencia absolutamente real y tangible. Todo es una idea que cobra su primera existencia, fuera de quién la piensa, por medio del verbo según dice cierta teología. Algo que pudiera relacionarse, inmediata y necesariamente posterior, a un elemental: pienso, luego existo, donde existo a partir de que lo enuncio, es decir, hablo.
Luego de los terribles setenta, donde el discurso político era el habla cotidiana del sur del continente americano, y cuando el discurso y la dialéctica política concluyó en las más terribles y grotescas dictaduras con su correlato en violaciones a los derechos humanos y desaparecidos que aun se cuentan y duelen; una de las preocupaciones de esas dictaduras fue, con lógica muy comprensible, la depuración y muerte de esos discursos feos y problemáticos. Las fuerzas armadas de la argentina, aun en su brutalidad confesa y manifiesta, no solo querían desaparecer el mensajero, sino también el mensaje.
Y esto tiene que ver con que el verbo tiene cierta propensión a convertirse en acto, a que expresa al hombre y produce un complejo juego donde no sabemos quien arrastra a quien. Es cierto también que luego del silencio que las dictaduras nos hicieron aprender a punta de miedo y supervivencia, los discursos que no se diluyeron en si mismos fueron emitidos por muñecos cuyos ventrílocuos no pensaban remotamente actuar el verbo que sus muñequitos de papel maché parloteaban en cuanto acto publico se organizaba en el fragor de recuperadas democracias.
Si, luego del silencio dictatorial, donde ya pensar era un asunto peligroso, los políticos se encargaron de darle el golpe de gracia al papel del discurso en la sociedad. La receta fue simple, viciarlo, convertirlo en mentira, en suerte de perogrullada en falsete. Poco después, políticos como Carlos Súl Menem y su famoso entorno, completaron la labor haciendo del discurso social un chiste de pésimo gusto, sumado a una sordera irreal que duró 10 años.
Mientras esto ocurría, la televisión argentina aceptaba plenamente el carácter de caja boba, con periodistas showman que desde el descaro más cirquense concretaban maniobras de inteligencia política en una escenografía tan evidente que los humoristas fueron mejores informadores que el mismísimo cuarto poder.
El orden mundial gritaba su nueva teoría de vida descarada y convertía al mundo en un pequeño mercado, que según el Pequeño Larousse de mi infancia es un lugar donde se compran y venden cosas, tan de acuerdo a la definición de la real academia que unos asumieron el papel de mercaderes y otros el de mercadería.
El pueblo Argentino se dejó estar en la falta de discursos, se quedó en un vacío de debates que le ocultaron su propia cara (que nunca quiso ver) y al mismo tiempo la realidad que en progresión geométrica se estaba construyendo en esa textualidad de un país que llegado el momento de la asfixia solo atinó al recurso de golpear cacerolas con cucharones porque ya había perdido definitivamente el habla y todo discurso coherente.
El silencio, que alcanzó grado de táctil, de la iglesia católica y sus ministros, la locura de los senadores que en el medio de muertes discutieron elecciones como si se tratase de un juego de ajedrez, la ausencia de líderes que llevaran calma a la sociedad por medio de la palabra, el entrecortado e incoherente pedido del expresidente De La Rúa de un gobierno de unidad, el hoy presidente Duhalde dejando todo el futuro nebulosos de un pueblo que babea rabia por la comisura de la boca, en las palabras de su ministro de economía; son pruebas que se acumulan para mostrar un país sin palabras, sin discurso a partir del cual actuar y construirse.
El mundo sabe que la Republica Argentina esta en una crisis terrible, los argentinos lo saben mejor que nadie. El futuro es negro, no anuncia promesas, más bien asevera pobreza, hambre y más y más injusticia. En todas parte se habla de economía, deuda externa, FMI, devaluación, nadie dice, nadie parece comprender, los argentinos menos que nadie, que hay un pueblo que solo tiene el ruido de sus cacerolas percutidas con cucharones, una herramienta valida para la desesperación y el cansancio, pero absolutamente inservible para construirse una idea, un contexto, un plan, una meta y un sistema de gobernabilidad.
Argentina es un pueblo sin palabras, sin discursos, es casi lo mismo que decir un pueblo sin fe ni credos, un pueblo inerme ante un mundo voraz donde los índices de rentabilidad son lo único que importan. No hay milagros a la vista y el primero y más necesario sería que la sociedad civil comprenda que antes que nada debiera pensarse y luego incitarse los unos a los otros sin golpes ni estridencias a un diálogo que aunque balbuceante en principio, concluya en una voz y un discurso que exprese un ahora y un posible futuro.