Le vio la cara a su amigo, al que poco tiempo atrás había conocido, y ya sabía lo que vendría; es más, ella misma lo había buscado.
Cuando conoció a Agustín, así se llamaba, inmediatamente pensó que había dado en la tecla: tenía 27 años, aparentaba tener mucha experiencia, y, además, sus manos eran tan veloces que ni siquiera le daban tiempo para pensar en lo que estaba haciendo. ¿Estaba bien lo que inmediatamente después iba a suceder, o estaba yendo tan deprisa que, si alguien se llegaba a enterar, sería el hazmerreir del barrio?
Rápidamente eliminó ese pensamiento negativo y se dijo que ya estaba grande, que ya podía adentrarse en aquellos lugares prohibidos sin decirle nada a nadie, ni siquiera a su mejor amiga. Después de todo, ¿ella no era ya una persona libre que tenía el derecho de hacer lo que quiera con su cuerpo?
Con mucha lentitud, se sacó la ropa. No es que tenía mucho encima...era verano y el calor sofocante de medianoche obligaba a cualquier ser humano a estar lo más desnudo posible. Toda su ropa interior tenía dibujitos infantiles que tanta gracia le causaban, pero en este contexto esas imágenes inocentes tenían un matiz perverso que fascinaba a los dos.
Agustín la estaba viendo y ella a él también. Se veían, pero no se tocaban. No todavía. Ambos, con el torso desnudo, estaban teniendo sensaciones que no pueden ser descriptas: son sensaciones que ninguna palabra, que ningún autor, ha podido (ni podrá) plasmar en sus textos porque no es algo que se pueda reproducir en un medio escrito; se debe experimentar, y si no se lo ha experimentado, nunca se podrá llegar a comprender totalmente lo que a ellos dos les estaba ocurriendo en ese preciso instante.
Ya estaban los dos desnudos. Ella no pudo evitar sonreir lujuriosamente, cuando observó a la persona que tenía en frente. Narrar lo que ocurrió sería redundante: todos sabemos qué es lo que sucede cuando un hombre y una mujer se interconectan.
Con prisa –había escuchado
...