A partir de una razón propia y otra ajena -bien aprovechada, por cierto-, podría explicarse el asombroso repunte de Botineras . Cuando la historia parecía desahuciada por sus propias contradicciones y la errática búsqueda de continuidad con otros productos mucho más exitosos generados por Sebastián Ortega y Pablo Culell - Lalola , Los exitosos Pells -, el final de Valientes funcionó al mismo tiempo como un salvavidas para Botineras . De hecho, buena parte del público que siguió con fervor la tira de Pol-ka se volcó hacia Telefé y encontró allí reflejos de lo que se había perdido: intriga, suspenso y una referencia generacional -aunque la historia se desarrolla en otro contexto-, en línea con las andanzas de los hermanos Sosa. Cabré, Macedo, Gaetani y compañía responden a ese denominador común.
En cuanto a la trama, todavía salta a la vista la hilacha de los cambios abruptos impuestos por la necesidad. Los actores se ven obligados a dar explicaciones excesivas de ese cambio de rumbo en escenas que en muchos casos parecen elaboradas con apuro y a último momento. El nuevo perfil trajo personajes interesantes (el inspector Salgado que encarna Pablo Rago) y también algunas subtramas por ahora más cargadas de efectismo que de auténtica consistencia, como el acercamiento amoroso entre los personajes de Christian Sancho y Ezequiel Castaño, un consuelo demasiado módico para el ánimo provocador de Ortega, que seguramente imaginaba en el arranque de Botineras otra manera de escapar de las rutinas. La mudanza, es cierto, aportó mayor solidez en la trama. Pero no puede hablarse aún de un ciclo con genuina identidad.





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