Caminó entre tumbas con epitafios profundos, como “Murió después de vivir”. Estaba en un cementerio de ciudad cinematográfica, bajo un sol brillante y smog oscuro, con invitados a un funeral que se parecía más a una boda, tal vez la muerta era la novia en sus bodas de diamante, y con un poco de formol encima.
Estrellas de cine y cometas de la moda asistían felizmente a esta oportunidad de exponerse, con eternas sonrisas cosidas con hilo de matambre. Acudieron damas (o algo así) de voluptuosas formas, perfectos bustos y traseros a medida. De otra forma no podía ser, los planos de tan perfecta arquitectura de silicona no podían mentir. Todo duro al tacto, insensible como una uña, y excitante como acariciar una pelota de fútbol.
Veían el cadáver con admiración y envidia. La señora (por edad más que calidad) estaba tan bien preservada, que pensaron que la habían rellenado con aserrín y le habían sacado el cerebro por la nariz. Creo que eso lo habían hecho antes de que muriera. Aunque desenterraran el cadáver un siglo después, permanecería igual, tan curtida estaba la piel de estirarla y guardarla detrás de las orejas, con pliegue tras pliegue tras pliegue, como la forma de una estríper de doscientos kilos.
También se miraban entre sí, una visión tan profunda como las aguas de un riachuelo. Las muñecas y las figuras de acción, todos exhibiendo sus formas bien pagadas o modeladas meciéndose en una palangana.
Y por dentro se sentían para el orto, porque bien sabían que cuando les tocara su turno, sus almas no podrían escapar de sus tan diligentemente construidas prisiones de plástico.
Dejame contarte una historia de la primera pareja de hombre y mujer. Sí, me imagino que estarás pensando en Adán y Eva, pero mi versión es otra, mucho más antigua. Este es el mito que circulaba en una tribu más antigua que la doma del fuego y las herramientas de piedra, cuando el lenguaje era todavía algo novedoso y respetado. No como hoy en día.
Ya desde el principio había muchos hombres y mujeres. Por favor, no seas iluso, dejá tus sueños de la isla paradisíaca de lado, de la parejita solos, comiendo frutos regalados, construyendo su choza, felices en su existencia de rutinario sexo. Es más, si fuera tan rutinario perderían el impulso para hacer otras cosas, y morirían de hambre. Felices, pero morirían.
No, eran unos cuantos. Los hombres crecieron de la tierra, como árboles y arbustos, ya en su forma adulta, porque no existían los bebés (no había cómo hacerlos). Las mujeres emergieron de las olas del océano, de la espuma aparecieron sus sonrisas. Todavía hoy en día podés sentir sus caricias, ¿nunca percibiste la semejanza entre el tacto de una mujer y el roce de las aguas? No fueron planificados, simplemente nacieron porque así debía ser, porque otro dúo en tensión debía aparecer. El problema es que al principio no había ninguna tensión.
Cuando te dicen que el hombre (queriendo decir el humano) elige a su objeto de afecto por identificación, te dicen la verdad. Pero se quedan cortos. Es que al principio los muchachos sólo elegían a los muchachos, y las chicas se quedaban con las chicas (y lo digo así, porque al igual que no había bebés, tampoco había ancianos). Boludez, eso de que la homosexualidad es antinatural. ¡Es la relación original entre seres humanos! Todavía hoy en día podés ver algo de estos lazos en las relaciones de personas del mismo género. Todos esos abrazos, palmadas, y afecto entre amigos varones, ¡y ni que hablar de la confianza y lealtad, aún mayor que con sus mujeres! Y en las señoritas
Qué curioso que uno le tenga miedo a una hoja en blanco, por no saber cómo llenarla, y si se encontrara en un universo en blan Qué curioso que uno le tenga miedo a una hoja en blanco, por no saber cómo llenarla, y si se encontrara en un universo en blanco el miedo al vacío lo llevaría a llenarlo con lo primero que le viniera a la mente.
Así, lo primero en lo que pienso es en una moneda de cinco francos suizos del 67’, y ahí aparece, sobre el infinito fondo blanco. Por alguna razón pienso en una mano, supongo que me incomoda la idea de una moneda flotando sin nada que la agarre. Y de la mano se extiende un brazo, luego un torso, una cabeza (con el siempre presente cerebro, que es la yema necesaria para que el cascarón tenga sentido), el otro brazo que ya me estaba olvidando, y la dos piernitas.
Ahora estoy yo y la moneda. Como somos todo lo que existe podemos considerarnos el universo, llamémonos la Creación. Qué extraño que primero ideé la moneda y luego a mí mismo. Siempre pienso en algo más antes que en mí. Un objeto que típicamente sería creado por una máquina que todavía no le puse nombre
Parece que mi control de la Creación no es absoluto, ahora puedo ver la máquina, un armatoste del tamaño de una habitación grande… ay, de repente apareció una habitación, con ventanas, ahí están, que dan al vacío blanco. Todavía no pensé en el exterior, aunque ya hay una división entre exterior e interior, y la moneda y yo nos hacemos más pequeños al no ser todo lo que existe. Es increíble que a medida que voy creando más cosas me voy haciendo más pequeño, capaz que Dios, al crear el universo, se hizo tan diminuto que terminó desapareciendo… cuando en un principio era Todo.
Creé algo que no existe, un Dios omnipotente que se llevó a sí mismo hasta su extinción, y la noción de universo. El blanco que podía ver a través de las ventanas se tornó negro.