Yo tengo una de cocodrilos pero no sé si es pequeña, para mí fue grande, no sé, depende de cómo se la mire. Desde pequeñita hasta unos 12 o 13 años, supongo, veía al Tarzán rubio, Ron Ely (bessshesssa!!

No importa que fuera rubio y depilado, mirá), por la tele. Blanco y negro, ocvio. Y yo me sentía absolutamente fascinada por esos monstruos acuáticos, fríos pero imponentes. Cada vez que Tarzan se tiraba de cabeza al río pa salvar alguna gurisa, ¡¡zas!! uno de estos ñatos que pispeaba desde la orilla, se metía despacito, como quien no quiere la cosa, en el agua. Y Tarzán nadaba para rescatar a la beia Jane o cualquier otra, entretanto, el muy ladino nadaba derechito y sigiloso hacia él, sin ser visto. Finalmente, tras producirse la hazaña de poner a salvo a la doncella, el valiente Tarzán rubicundo, debía enfrentarse al mostro. Ahhhh....

Pero Tarzán ser muy malo, malo. Para nada proteger naturaleza, cero grinpís resultó el muy guachín. Ahí nomás se peleaban con pelitos rubios y dientes, dando vueltas y más vueltas en la superficie del río. Lluego, el depilado sacaba el cuchillo de su sunga y ¡¡páfate!! lo reventaba, lo dejaba flotando al magnífico cocodrilo (de plástico), panza arriba. Esa no era la mejor parte, por supuesto. Ya ahí un poquito de desilusión, me daba, lo admito. Por eso me gustaban las partes en que los malos caían en sus fauces, esos sí que no contaban más el cuento, después

Este enfrentamiento Tarzán vs. cocodrilo se repetía casi siempre, digamos que cada 3 entregas, 2 o al menos 1, mostraban una escena con el mismo esquema. Tarzán seguía depilado y bien peinado, el taparrabos era el mismo, el coco también, supongo que la única variante la daba la muchacha de turno. Pero lo que a mí me hacía ilusión era ver al cocodrilo en toda su potencia cuando, el muy zorrito, pispeaba desde la costa y se metía lento pero seguro en el agua a comerse a Ron Ely...

Demás está decir que era otra pequeña o gran desilusión comerme un capítulo donde Tarzán mataba un león y los objetos de mi admiración brillaban por su ausencia
La cuestión es que la nena quería ver un cocodrilo de verdaT, en vivo y en directo, pero claro, una vivía tan lejos de la Capital donde había un zoológico... Yo quería, deseaba, insistía por venir pero se ve que eran épocas de vacas flacas en mi casa y pocas veces me trajeron

. Recuerdo que la primera vez tendría unos 5 años, según parece, estuve cerca de mis idolatrados monstruitos pero... ¿cuáles serían? ¿serían esos como pescados largos? Me quedé así

Encima, yo venía predigiriendo la premisa de que la tele todo lo cambiaba, que una chica linda como Liliana Caldini

bien podría ser flor de escracho en persona. Y ahí empezó a tallar en mí un misterio que pretendí dilucidar durante varios días en mi pueblo, hasta me empeñé endibujar "aquello" que había visto. Finalmente, armé la teoría de que en la realidad, los cocodrilos se entierran y sólo se les ve la tefrén y los ojos
Y sí, mis problemitas ya se anunciaban desde muy niña
Pasó el tiempo y recuerdo que volví a ir al zoológico ¡¡a los 12 años!! O sea, pasó pila de tiempo pero mi fascinación estaba intacta. Fui con el cole, qué grande (¿o pequeña?) desilusión me llevé cuando vimos monos, hipopótamos, jirafas y ningún cocodrilito...

Otro tanto me sucedió en la secundaria

. Además, no tenía quién me hiciera la pata. Convengamos, no era fácil de blanquear que me gustaban esos reptiles que para la mayoría de los mortales son horripilantes pero que a mí me encantaban
Finalmente, llegó la hora de la revancha

A los 17, casi 18, me vine a vivir a la Capi y, justamente, se dio que viviera y hasta estudiara en Palermo. Encima, el zoológico era gratis en aquel momento... ¡¡¡PUM PARA ARRIBA!!

No sé cuántas veces fuí al zoo y busqué infructuosamente el encuentro téte a téte. No me lo podía creer, hasta que una tardecita, desde lejos, divisé que un enorme animal se zambullía en una piscina que juzgué gigantesca. El corazón me empezó a latir, juro que me emocioné, hacía tanto pero TANTO que anhelaba aquel encuentro... Rápidamente, embargada por la excitación, apresuré el paso. A unos 20 metros, más o menos, reconozco, sin posibilidad de equívoco, la figura de un inoportuno lobo marino...

¿Esta desilusión habrá sido grande o pequeña? Nu se pero yo ya me sentía víctima de algún conjuro divino, es como morir de sed, teniendo tanta agua

Y cada vez que volvía al depto, me preguntaba cómo podia ser que no pudiera ver a los benditos cocodrilos, que el zoo era grande, sí, pero no para tanto. Además, había visto los carteles que decían "Yacaré", "Aligator", ¿cómo era posible que no pudiera dar con ellos? Era rarísimo porque, además, yo imaginaba que en el zoo habrían montado alguna plataforma de seguridad monumental, dado que eran animales demasiado peligrosos y, por tanto, sería ultra necesario tomar grandes precauciones para que la gente no cayera justito en la boquita de estos ¡¡asasinos implacables!! Hasta llegaba a temer que los recaudos a tomar debían también contemplar la posibilidad de que alguien, atraido por estos seres fascinantes, pudiera tirarse por sus propios medios. En verdad, temía que esto último pudiera pasarme a mí

En fin, pasaron creo que meses viviendo en Palermo y nada. Medio que me había desalentado, supongo que ya ni los buscaría cuando iba de paseo. Fue así que una tarde soleada de domingo, paseando por el zoo con mi mamá que había venido a visitarme, así, de golpe y porrazo... ¡¡zas!! ¡¡¡Se produce el demorado el encuentro y de modo imprevisto!! Pero... digamos que... tardé en caer... Casi tuve que pellizcarme para que me cayera la ficha, no daba crédito a mis ojos: los cocodrilos estaban ahí, a un par de metros de mí, con apenas una valla de madera que con suerte me llegaba a la rodilla. Me quedé anonadada... ¿Y el sistema de seguridad? ¿Y la fiereza incalculable de esta bestia prehistórica? Ahí estaban dos o tres cocodrilos, como pánfilos, tirados al sol, inmutables. Parecían de goma, como los que mataba el Tarzán rubio...

Descreída, pretendiendo no abandonar tan añeja ilusión, hice algún ruido o tiré algo cerca... ¡¡nada!! Creo que hasta había uno panza arriba como un perro y con un cacho de carne abandonada sobre su... ¿tan amenazante boca?

¡¡¡Qué desilusión!!


¿Entra en la categoría de grande o pequeña? Creo que me equivoqué, fue bastaaaante grandecita...
Prometan que quien se animó a leer todo el relato sin dormirse, me va a seguir hablando, porfis. Nadie me comprende mi historia con cocodrilos..
Encima... ¡¡tengo másss!!!
