Este es un capitulo de un libro de Cristina Wargon, es largo pero creo que es divertido:



LAS MUJERES SOLAS



Si no fuera porque los hombres son tan pocos y apocados, tan tímidos y huidizos, tan plomos ¡y tan casados!, tal vez las mujeres solas no existirían. Pero allí están las pobrecillas tejiendo la enredada bufanda de Penélope para el incierto Ulises. Tienen códigos, se agrupan en logias, se aburren hasta el caracú; pero, básicamente, esperan. Esperan a ese señor alto, rubio y de bigotes; o bajo, morocho y lampiño; o jorobado, albino y peludo. Cualquier cosa, en fin, que se parezca a un hombre. ¡Qué los tiró!, ¿por qué escasean tanto?

Para comenzar la nota es preciso definir a qué mujeres solas voy a referirme, descartando en el acto a aquellas damas que, por viudez o cansancio, han abandonado el combate y se dedican a espiar las guerras de las demás. Arpías, bah.

Nos queda así un espectro que abarca más o menos de los dieciocho a los ochentaitrés años de edad, y donde pueden encontrarse todos los matices de la desesperación y la esperanza.

Como mi ciencia no es tan vasta, sólo me ocuparé de las treintañeras en cuyas filas he militado en épocas aciagas.

“Mujeres solas”. MUSO, para abreviar.

Algunas tienen bulo propio, otras todavía viven con mamá, las hay profesionales y empleadas de comercio, con todo tipo y tamaño de neurosis, expertas en seducción o ásperas como ortigas. Pero todas, sin excepción esperan que él llegue. Ese gran ausente con o sin aviso que las condena a pintarse las uñas, depilarse por las dudas, enrularse para ser más jóvenes, cambiar de pilcha para estar más a la moda. Ese él que llegue y justifique al menos el diú que la mayoría lleva puesto al divino botón.

Las que viven con mamá

Una MUSO que ún vive con mamá, sabe mucho de los arrabales del infierno y a veces tiene un palco “avancé” entre las llamas. Difícilmente mamá haya entendido que la “nena” tiene edad suficiente para decidir con quién quiere salir, con quién hacer el amor y, lo que parece ser más importante, tal vez por lo visible, la hora en que debe regresar al hogar.

Las presiones que puede ejercer una madre sobre una pobrecilla MUSO llegan al límite de la paranoia. Es que la nena soltera da más vergüenza que la pediculosis. ¿Cómo compadrear ante las vecinas? ¿Qué explicación dar ante tías y cuñadas ponzoñosas?

Simultáneamente mamá adquirirá una terrible aversión a las amigas de la nena. Les perdonará que fumen, que digan palabrotas, que armen salidas o vacaciones en conjunto, pero jamás, jamás les perdonará el ser solteras. Vagamente sospechan que la soltería es contagiosa o que, cuanto más se amontonan más difícil se hace un desenlace feliz. Conseguir un tipo, es difícil, pero ¡una multitud de ellos dispuesto al anillito...! Aún sus mentes con arterioesclerosis sospechan que es imposible. Y como se sabe, éste es el Gran Objetivo de cualquier madre de una MUSO, mucho más que el de la misma afectada, porque ésta, mientras espera, de vez en cuando se divierte.

Más allá de esta idea fija, todas las madres de las MUSO poseen por igual manías insalvables: si “la nena sale” la esperarán con la comidita caliente hasta que vuelva, cosa que al paladearla le sienta el inocultable gusto a arsénico culposo. Bien culposo. Si la nena estrena pantalones se encargarán de puntualizar que la ciñen; si faldas, que son muy cortas; si se pinta, que es demasiado y si se tiñe..., un asco.

Como recurso extremo dichas madres padecen de enfermedades múltiples, todas decididamente fatales pero de una supervivencia milagrosa, aunque seguro mueren si “la nena” se les desacata del todo. ¡Preciosas madres estas, que merecen un nostálgico recuerdo a Nerón!

Las que viven solas



El tango imaginó el bulín con los siguientes versos: “Corrientes 348, segundo piso ascensor, no hay portero ni vecinos, adentro cóctel y amor”. Dejando de lado la dirección, que tal vez exista, todo lo demás es un reverendo bolazo. Cualquier bulín de una MUSO puede dar fe de que “sí” hay porteros, que los vecinos son un infierno, los cócteles están por verse y el amor... llega tarde, mal y poco.

Por el contrario en estos sitios abundan calzones y corpiños desparramados por cualquier parte (para que se sequen más rápido, ¿viste?).

Hay también plantitas chamuyadas (las mujeres, en general, adherimos a la esotérica teoría de que hay que hablar con las plantas, y una MUSO en particular tiene pocas orejas que la escuchen). Un equipo de música reemplaza a la vitrola, un televisor pone la nota de época y de allí en más las características ambientales varían según el temperamento de la MUSO en cuestión. Aunque todos esos bulines comparten el hecho de ser un comité sin ideología definida –salvo que un hombre, o su ausencia, pueda ser entendida como tal- y un vago feminismo que es la tónica reinante (tan vago que desaparece si el timbre pareciera sonar como de “él”).

¿Y de qué hablan las MUSO? Valga aclarar aquí que una MUSO es en general una persona de gran información de actualidad. Vaya a saber si porque la ausencia del varón es buena para la cultura (teoría que particularmente me seduce) o porque creen que los hombres las prefieren cultas. He aquí una paradoja sin solución, porque en verdad los hombres nos prefieren tirando a nabo.

Por supuesto que también se habla de pilchas y siliconas, peeling y brushing, chimentos de laburo y chimentos de otras minas. Pero sin duda el gran tema central es el maldito ausente, sujeto tácito, huidizo y traidor: el varón nuestro de cada día, dánoslo hoy, o mañana, que es lo mismo, pero me alcanzo a lavar el pelo.

Vaya aquí una curiosidad sobre las MUSO: jamás dan detalles sobre lo que ha dado en llamarse “el sexo explícito”. Un incauto podría suponer que no lo ejercen; estoy en condiciones de afirmar que sólo callan.

Las MUSO y la sociedad



Como en cualquier otra profesión u oficio de esta vida, no se aprende a ser una MUSO con estilo sin tener experiencia previa. El derecho de piso para el bulo propio se paga en especies no convencionales.

Veamos la primera; hay que aprender a manejarse como un varón sin dejar de ser mujer. Es decir: hay que ganar el pan, administrar el dinero, arreglar un enchufe y cantarle las cuarenta al portero. Pero al mismo tiempo, controlar si hay un gil a la vista para que sea él quien arregle el enchufe, se agarre a las piñas con el portero y ya que está nos destape la pileta. Estas demostraciones de eficiencia frente a un gil, convertirían al presunto candidato en un seguro prófugo (los hombres desconfían de las mujeres eficientes).

Tal vez porque todo esto es una pesada carga, las MUSO tienden a agruparse en logias. Parten en patota al cine, comparten cafés, se reúnen a tomar sol, se auxilian en las desventuras y se borran en las venturas.

Valga detenerse en el rubro “venturas”, porque con la misma facilidad que se ingresa en esas logias, una puede ser despedida al menor traspié. Paradójicamente el traspié tiene la forma de un varón. Cuando una MUSO se enamora pasa a la categoría de infectocontagiosa. Mientras dure el metejón, las otras huirán de ella y ella de las demás.

Una MUSO enamorada quiebra códigos, destroza ritos y se vuelve una inútil total para esa ceremonia de acompañar soledades. Ya no se puede contar con su departamento para caer a tomar café a cualquier hora, se irá al cine sin ella y entre el bienamado y esos lánguidos fines de semana tirada al sol con otras colegas, optará por aquél, así la invite a comer pochoclo en una plaza lluviosa. Por supuesto que a él las MUSO le caen como la mona y es puntualmente correspondido.

Generalmente –desafortunadamente- el traspié dura poco. La MUSO vuelve al redil, sin cuentas ni rencores, a reiniciar el oficio más antiguo que de la mujer se sepa: la espera, no siempre dulce, del hombre a quien amar.