Por Roberto Juarroz
Fuente: http://meltingpot.fortunecity.com/namibia/601/juarroz.htm
La poesía, lo hemos dicho tantas veces, como las cosas importantes, decisivas de la vida, no tiene una definición, como se dice ahora, consensuada, aceptada, respetable. Las cosas grandes no se pueden definir. El diccionario es una ayuda pragmática, operativo, que a veces nos hace ver un poquito más claro algún detalle. Pero todas las cosas importantes son prácticamente indefinibles incompletas, por terminar. Solamente son vivibles. Sujetas a una experiencia, a un modo de sentirlas y de hacerlas, como el amor, como el sufrimiento, como la alegría y la solidaridad, como la poesía. La poesía es un acercamiento al entender de una vez qué es esta dimensión que para algunos constituye la pasión más alta de su vida.
Cada poema es un acercamiento, una aproximación, aún en los más grandes poetas. Alguien podría preguntarme: ¿a qué?. Y yo tendría que responderle: si supiéramos a qué, esa aproximación no existiría más. Sabemos que es la forma más alta, más plena, más intensa de la vida y de la relación entre los hombres.
Una de las cosas que parece surgir de adentro de la poesía, es que es una recuperación del silencio ¿recuperación de qué silencio? del silencio que todos los hombres, lo sepan o no lo recuerden o lo hayan olvidado, llevan en su interior como algo que clama por expresarse, por manifestarse, por ser una presencia y que muy pocos lenguajes son capaces de transmitir. Entonces, recuperación del silencio, escondido y de formas de expresión que a través de los tiempos se han ido perdiendo.
Alguna vez habló Erich Fromm de los lenguajes olvidados. Esos lenguajes, esas maneras de expresión, comunicación y simbolización que han ido quedando a un lado, desdeñados, arrollados por una civilización equivocada por la prisa, por el descarte de lo fundamental. Pero no me olvido de aquello que con tanta sencillez y al mismo tiempo, tanta sutileza, (si uno se detiene a pensar en las palabras con cuidado, desde cerca, nunca desde lejos) dijo Antonio Machado. Señaló que la poesía es: "La palabra esencial". Palabra esencial en la transitoriedad, palabra esencial en la fugacidad, en el paso de todas las cosas y sin embargo allí es posible poner como manifestación, como presencia del hombre poner algo que no pase, poner algo que alimenta al futuro, poner algo donde nos sintamos menos perecederos.
Pero yo creo que aquí, en relación con el silencio y su expresión, hay algo por recordar: NO HAY POESIA SIN SILENCIO. No hay poesía sin que el poeta haya tomado en su plenitud el hecho de que cada palabra es, además de una carga de sonido, una carga de silencio. En poesía (y en cualquier poema) es tan importante lo que se dice, como lo que no se dice. Como dijo una vez un poeta: un poema no son estos dibujitos sueltos como clavos sobre una página, sino el blanco que los rodea.
Como ustedes saben, en una serie de corrientes del pensamiento, religioso, hay quienes esperan la venida de algo parecido a un Mesías. Cuando venga el Mesías decía un gran maestro nos será dado comprender, no solamente las letras del libro sino también los blancos que las separan. He aquí el secreto de la escritura que para mí también es el secreto de la poesía.
El profano, el que no sabe, pero que cree que sabe, escribe con palabras, el poeta escribe con silencios.
¿Cómo hacer para transformar los signos en palabras? ¿Cómo hacer para transformar las palabras en visiones? ¿Cómo hacer para celebrar aquello que se nos da sin negar aquello que se nos escapa? ¿Cómo hacer para convertir el lenguaje en un refugio antes que en una prisión, en un altar antes que en un cementerio? Solo el poeta lo sabe y se calla. El poeta se calla, y con el silencio y la palabra nos lo dice, nunca en forma discursiva, sino a través de esos grandes acentos que ha puesto la poesía moderna.
Entre muchos recursos, hay dos que para mí son relevantes: el primero es el formidable poder de imaginación humana y su gran producto que es la imagen. La imagen que nos pone delante, como diría Paul Eluard, que nos da a ver la realidad. Y junto a la imagen el poder de la plenitud del pensamiento, de todo lo que significa profundidad, inteligencia, sutileza. Todo lo que el hombre lleva en sí, aunque a veces no lo confiese.
No se trata de hablar, no se trata de callar, se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio.
-En el festival de Roterdam quisieron tomar una parte de mis textos para un proyecto marginal del evento que ellos denominan programas de traducción. ¿En qué consiste? Fuera de los horarios regulares, se invita a quienes participan a reunirse en una sala aparte para traducir a sus diversos idiomas una obra determinada, de un poeta que se ha elegido. Todo esto viene a cuenta de lo siguiente. Creí que no era oportuno que yo fuera a esas reuniones, ya que traducían algunos textos míos. Sin embargo una mañana me llaman y me piden que vaya porque había algunos giros, algunas palabras, algunos localismos que no entendían. Por supuesto encontré allí una tarea conmovedora.- ¿Qué tarea más conmovedora que encontrar a aquellos que aman lo mismo que uno ama inclinados un momento sobre lo poco que uno ha hecho? Me consultan diversas cosas y se me acerca de pronto un poeta indígena, (un poeta mapuche) del sur de Chile, que había sido invitado al festival y me dice: "Tengo un problema. En la traducción de este poema he encontrado una palabra que no existe en mi idioma. ¿Qué palabra es esa?: "La palabra espejo". Casi nada. La palabra espejo, aquella sin la cual prácticamente nosotros no podemos vivir. Le pregunto: "¿Existe en su idioma la palabra reflejo?" Y me dice: "si, existe para representar, para significar el agua detenida, lo que nosotros llamaríamos un charco y que refleja las cosas después de la lluvia". Entonces, le digo "yo creo (y aquí va toda mi pequeña experiencia en la vida dedicada a la poesía) que debemos construir con esa palabra próxima (de aquella que no existe una imagen) que no recuerdo cual fue en aquel momento, pero supongamos que fuera- reflejo estancado o reflejo detenido. La poesía consiste, de alguna manera en dar a todas las lenguas las palabras que les faltan, las palabras que el idioma común no puede decir. La poesía a través de ese trabajo de crear un lenguaje indirecto, un lenguaje que salta sobre lo gastado y estereotipado y como diría Borges lo fosilizado del idioma toca más directamente el silencio y la capacidad de entendimiento profundo, que hay sin duda, en todos los hombres.
La poesía además es una invitación, una exigencia que se nos pone delante y por eso a mucha gente le cuesta tanto. Ella nos pone delante la necesidad imprescindible de detenernos. No detenernos en la pasividad, en el simple ocio, en el abandono de la acción, sino detenernos en atender mejor las cosas, en prestarles más atención, en poder concentramos en un rostro humano, en un dolor, en una alegría, en una hoja de árbol, en un reflejo en la pared. Sin detenernos en las cosas jamás las conoceremos, dentro de lo que se puede conocer la realidad.
Invitación a detenernos, a cambiar el ritmo enajenado de un apuro que no va a ninguna parte y conquistar la acción de la profundidad, del pensamiento, del silencio.
El corazón del simbolismo (la línea Mallarmé, Rimbaud en cierta medida y tantos otros,) hubiera dicho, mejor que decir, sugerir. Porque sugerir despierta en el otro su propia capacidad de decir y llena mucho más que el hecho definido de simplemente repetir algo que no se ha dicho.
La poesía es una forma de despertar. Es una forma de volver a abrir los ojos, de empalmarnos con lo que todas las corrientes de filosofía y sabiduría han dicho a través de los siglos: no basta con nacer una vez, es preciso volver a abrir los ojos; es preciso nacer de nuevo.
Nacer de nuevo a qué y de qué. Nacer de nuevo de todo lo que la costumbre, el hábito, la falsa cultura y los estereotipos han estancado dentro nuestro y no han dejado que se transforme en fuerzas realmente creadoras.
Nacer de nuevo, despertar de nuevo, abrir los ojos. Porque la poesía no puede hacer otra cosa en su búsqueda de la realidad, que es su principal sentido inasible e inexplicable que convertir en presencias que de alguna manera acompañen más la soledad del hombre. Y la poesía no puede hacer otra cosa que una simple ruptura, una triple ruptura para eso. Una triple ruptura que es, quizás, el gran aporte de la poesía moderna.
Ruptura en primer lugar de una visión consuetudinaria y estancada de la realidad. Apertura de la visión de la realidad, de la visión del mundo. Esa apertura que supone entender y percibir aquello que dijo William Blake y que algún novelista importante utilizó como epígrafe de su libro: si se limpian las puertas de la percepción, todas las cosas aparecen tal cual son, es decir, infinitas, todas las cosas aparecen tal cual son dándonos la prueba y la verificación de que la realidad no tiene límites. Como dijo Paul Klee, lo visible es solo un ejemplo de lo real.
La segunda ruptura imprescindible es la del lenguaje. No se puede seguir recurriendo para transmitir esta apertura hacia una realidad más amplia al lenguaje convencional, pragmático, que es ya una moneda de intercambio demasiado gastada entre los hombres. Es imprescindible encontrar otros recursos y entender que no hay gramática, retórica o análisis discursivo que pueda servir para este objetivo fundamental de la poesía. Es preciso encontrar otro lenguaje. Roland Barthes dijo no hace mucho: La poesía es el lenguaje de todas las transgresiones del lenguaje de todas las excepciones del lenguaje, de todas las otras posibilidades del lenguaje. En una entrevista, no mucho antes de morir, Borges dijo que el lenguaje común, convencional, el lenguaje estancado por las necesidades del comercio, la rutina, la política y todos los dobles discursos que pueblan este mundo, es poesía fósil. Es decir, es como si el lenguaje original del hombre, el lenguaje de las fuentes, que era el gran don humano imposible de robar y de vender, por reiteración, por comodidad y abandono, hubiera sido convertido en algo rígido, fósil. Si esto es cierto (y creo que sí), la poesía es el lenguaje no fosilizado, es la revitalización de algo que está en la raíz del ser humano esperando en ese silencio creativo que se esconde en cada uno de los hombres.
La tercera ruptura, la más difícil, es la que provoca aquel miedo que mencionaba Albert Beguin. Cuando le preguntaron por qué la gente no lee mucha poesía, él contestó simplemente: porque le tienen miedo, porque la poesía debe abrir las cosas, debe ponerlas al desnudo, debe ponerlas a la intemperie ¿y quién resiste esos climas de alta tensión y de alta presión?, ¿quién resiste que la muerte sea tan natural como la vida?, ¿quién resiste que el amor puede ser ascenso o caída?, ¿quién resiste que nuestra vida esté llena de todas las cosas que pueblan nuestros mundos, los árboles, los ríos, los cielos, la lluvia, pero no como decorado sino como algo que forma parte de nosotros?.
Entonces, todo esto asusta, es lo que constituye esta tercera ruptura que es transformar nuestro propio modo de vida, transformar y convertir la vida en algo más activo, más potente, más intenso y por utilizar la palabra de hace un momento, más despierto.
Hay un momento en que después de todas las observaciones sobre las modalidades o los cambios formales que supone la poesía, la fe que supone la poesía en la metáfora, en la imagen, como una realidad mayor que aquella de la cual se parte, como el acceso a otra realidad que no implica evasión. Hay un momento, decía en que el poeta llega inevitablemente, en la modernidad, a señalar que hay que cambiar la vida. ¿Es un reformista religioso?, ¿es un reformista político?. Nó!, si no se cambia la vida la poesía no es posible y ahí está el problema. Recuerdo exactamente esta expresión en André Breton: hay que cambiar la vida. Tenemos que encontrar otra vida, pero como decía Breton otra vida más intensa, más noble, más decidida que ésta, pero en ésta. Dijo alguna vez, Antonio Porchia: "Si nada se repite igual (y creo que es aceptable esta proposición), no vamos a volver a estar nunca en momentos como éste, en una tarde como ésta". Cada detalle de la realidad es único, está atado, ceñido, adherido al tiempo y el tiempo no se repite. Si nada se repite igual, todas las cosas son últimas cosas. Cosas que han llegado hasta aquí y tienen que saltar de aquí pero no pueden ni recuperar, ni renovar esta situación. Yo creo que la poesía se ocupa de las últimas cosas, de aquello que no tiene palabra en el lenguaje común, de aquello que eludimos, de aquello que está escondido. Al igual que Porchia señala que todas las cosas que no se repiten son últimas cosas, todas las cosas, creo, son también primeras cosas. Las cosas de la poesía no admiten discurso ni teorema para explicarse, sino otra vez ,el lenguaje indirecto. Por esto creo que la poesía es el lenguaje que se ocupa de todas las cosas, de cualquier cosa, pero como si fueran a la vez primera y última.
Hay que reconquistar algo que sólo unas pocas veces llegamos a sentir que hemos perdido, que es el sentido propio del valor singular y único de cada cosa, de cada voz, de cada piedra, de cada hoja que se mueve y también del espacio que queda entre las hojas. ¿Cómo hace la poesía para eso? Me he encontrado con una idea que me parece digna de la mayor meditación, hablo de Gaston Bachelard, quien en un prólogo a una de sus obras mayores titulada "La Intuición del Instante", señala: "La poesía es una metafísica instantánea. No es un discurso sobre las últimas cosas, sobre las esencias, nó. Es una manera de combinar este decir y no decir, esto que llamamos poema, para que simplemente ponga delante como un relámpago, como un súbito estremecimiento la presencia de las distintas cosas que pueblan la realidad. Una metafísica repentina, que no pretende explicar nada, que pretende cuando más poner frente a una presencia otra, o frente a una pregunta, otra pregunta. Aveces los caminos que llevan más lejos son los que se componen de enlaces de preguntas cada vez más intensas y lo que hace la poesía es eso, poner algo cada vez más intenso delante.
¿A qué recurre la poesía moderna para esto? Yo no creo que sea el momento ni lo más adecuado detenernos en una enumeración, explicación de los elementos, pero yo lo voy a ir puntualizando con cierta rapidez. Hemos hablado de la imagen. Hemos hablado de aquello que en el pórtico de la poesía moderna lleva a Rimbaud a escoger como uno entre sus títulos el de -Iluminaciones.. Aquello que se parece de alguna manera a la pequeña iluminación en el sentido tradicional, es un momento. A todos nos ocurre, a los que escribimos, a los que no, hay un momento en que nos parece que entendemos o captamos, o se nos revela o sentimos un poquito más de lo que existe.
Un momento que somos capaces, quizás, no de explicar, porque eso no tiene explicación pero sí de percibir su peso, su verosimilitud. Aquella última línea que para mi define lo que es metafísica y que crea tantas resistencias (tal vez por la palabra) en tanta gente, pues creo que en el fondo no saben bien de qué se trata, es un planteo de tipo religioso, del alcance del hombre que puede tocar o no todo lo que él es, aquello que consiste en poner las cosas delante, y sentir aquella última línea de "Qué es la metafísica", el pequeño opúsculo de Heidergger: ¿"Por qué somos alguien, no solamente nada?, ¿Por qué existimos en lugar de no existir?
Me vengo a encontrar con una nota sobre poesía, escrita por un español en Cuadernos Hispanoamericanos, un artículo que termina con esta frase de Pascal: Hay que entender (creo que eso es lo que hace la poesía) la mano de ustedes que se acaricia el cabello, este micrófono, hay que entender que cualquier cosa es lo que es, pero es también lo que no es, su sombra, su posibilidad, su proyecto, lo que no pudo ser y además, cada cosa, cada uno de nosotros, es también lo que ni es ni no es. Y yo creo que esa tercera posibilidad es lo que hace sentir el abismo presente en todas las cosas y presente en nosotros mismos dentro del cual la poesía pide tallar otro abismo, donde la poesía moderna da el testimonio más estupendo de un tiempo de confusión que se aproxima cada vez más a la pérdida.
Para ello recurre a la imagen, el giro nuevo, diferente, insólito, el giro imprevisto del pensamiento. Aquello que se presenta en el pórtico de la poesía moderna en "Las flores del Mal", estoy hablando del poema "Correspondencias". Allí podemos sentir que si el hombre despierta a la realidad y cambia la escala de lo real, entendiendo que la poesía es un ejercicio de realismo y no de evasión, el universo es un conjunto de correspondencia, de relaciones que se corresponden entre sí, y que el artista o el poeta o el ser que despierta pueden recoger, plasmar, transmitir. Recurre asimismo a analogías, al sentido de las semejanzas y las diferencias que vinculan a las cosas. El ritmo que supone el abandono a veces de la musiquilla tradicional, de las formas visibles de las rimas, la acentuación, la métrica, para encontrar otra forma de música, casi una música del sentido, oculta e interna sin la cual no hay poesía. ¿En qué consiste esa música? Nadie lo puede definir. Es el sentimiento de que el texto que se lee responde de alguna manera a una armonía, a una eufonía, y para ello no tienen necesariamente que evitarse las asonancias, aún la conversión de la disonancia en un elemento de la armonía hace que ese texto se separe de todo lo que no es poesía. Algunas veces se plantea, y esto sí me parece importante, aún en la brevedad de esta noche, algunas veces la gente se preocupa por saber qué es lo que distingue la poesía de lo que no es poesía, cuál es el criterio para señalar que este poema o aquel otro lo son, ¿cómo estamos persuadidos de que no son simulacros de poesía como la mayor parte de lo que se escribe?. Y yo creo que aquí el criterio más aproximado que he encontrado está en un poema de enorme importancia. Eliot, el autor de Cuatro Cuartetos y La tierra Baldía, dice en alguna parte: lo que se puede decir en prosa, hay que decirlo en prosa, porque se dice mejor en prosa. Entonces, ¿qué es lo que queda para la poesía? Lo que no se puede decir en prosa, lo que no se puede decir de otra manera. Está el sentimiento de que algo que está plasmado aquí y que llamamos poema es realmente un poema y es realmente poesía. Aparece la convicción, la aprehensión, la penetración de que esto no puede reemplazarse y no puede decirse de otra manera.
La poesía moderna, por ejemplo., a través de un Macedonio Fernández, no se avergüenza de lo que el hombre es., sabe que no hay poesía si no se juntan en un solo as todas las posibilidades del ser humano, es más, creo que una de las funciones principales que tiene reconocida de su aventura (la poesía moderna) es la fusión, la reunión. No es vano entonces que Octavio Paz, pueda haber hablado de la asunción de una tradición de la ruptura. La tradición de la ruptura que deja de lado la anécdota, lo pintoresco, el mero adorno, el mero juego, para alcanzar a través de la polisemia y a través de la imagen una trascendencia que no consiste necesariamente en proyectarnos a ningún mundo ultraterreno, sino aquella que consiste en decimos que cada cosa es otra cosa y que hay que buscarla. Que cada elemento es, como diría Antonio Machado la otredad, la profunda otredad que invade y domina la vida y todo lo que la vida percibe. Esa trascendencia, sería una trascendencia vacua, sin un objeto definido, que sin embargo tiene la plenitud de este pequeño poema de Rimbaud: "Tiré cuerdas enterré todos los campanarios,/ vinculé con lazos todas las ventanas, uní con un collar de oro las estrellas, el cielo./ Ahora yo danzo."
Hace seis años tuve la oportunidad de participar en un festival de poesía en la India. Aquellos encuentros no se olvidan, pero hay un detalle que yo quiero traerles a ustedes esta tarde. Y que de alguna manera resume muchas de las cosas que no hay tiempo para decir sobre la poesía y su situación en el tiempo que vivimos. El festival tenía un lema, que consistía en unas palabras del Mahatma Ghandi. Conocía muchas cosas de Ghandi, su esfuerzo, sus sacrificios, la resistencia pasiva, tantas cosas sobre la paz, sobre el valor de la paz que acabó con su vida. No deseó que nadie pague con su vida como principio generalizado, pero esta formidable presencia de aquellos seres que van hasta el final en lo que aman, es otra distinción que ojalá alguna vez podamos revisar en poesía. Aquellos poetas que juegan su juego hasta el final, ese juego que no es juego, sino mucho más profundo pero que también responde por un rincón al yo de la naturaleza humana que es lo lúdico. El hombre no puede dejar de jugar de sí mismo, porque si deja de jugar no soporta la realidad, la comunicación, la angustia, el pasado. Estas palabras de Ghandi que quiero utilizar para cerrar este encuentro dicen así: "La poesía es una interminable resistencia pasiva", una interminable forma de no entregarse, de no aceptar, porque en la sociedad, en el mundo, en la realidad, nos han querido imponer y mentir, o no hemos sido capaces nosotros, simplemente, de reconocer que la poesía era una interminable resistencia pasiva contra la tiranía de la historia y sus aberraciones y su confusión de cierto nivel de la realidad con toda ella. Contra la tiranía de la historia, contra la colonización de las mentes a través de las ideologías, contra el fanatismo de las religiones, contra todos los fanatismos.
Hay una hermosa expresión de un autor alemán, Henrich Berger, el novelista. En alguna parte escribió que el poeta no necesita la libertad. Toda la poesía moderna es una aventura detrás de una libertad, de la libertad expresiva que hay encerrada en el hombre, de la libertad de la comunicación con lo real, de la libertad contra todos los poderes infaustos que tratan de dominar al ser humano. El poeta no necesita la libertad, porque es la libertad. La poesía, sobre todo en su forma moderna, en su actitud moderna, en su indagación eterna, en su búsqueda eterna, es la libertad.
Vamos a terminar con algo que vale más que todo esto, que es la lectura de un poema. Mucho de lo que he dicho, y mucho de lo que no he dicho, está aquí presente y de alguna manera se convierte en el mejor aprendizaje de la poesía, para aquellos que la escriben, para aquellos que no, para aquellos que quisieron de alguna manera penetrar en ese plano, en esa órbita sin límites, es la lectura detenida de los grandes poetas. Es ir encontrando en ellos la línea, la imagen que no puede decirse de otra manera. Es el ejercicio, en la búsqueda de lo ireemplazable, insuperable como acceso a la poesía, porque exige además no la dimensión creadora de quien hizo el texto sino la dimensión creadora de quien lo recibe.
Vamos a terminar con un poema que es doble testimonio. En la literatura de este siglo alguien que escribió novelas, que escribió del teatro más importante, que hace tiempo le hizo decir a Jean Anouilh que la historia del teatro se divide en dos partes, antes y después de Samuel Beckett... Alguien que escribió ensayos breves, de una densidad inusual y alguien, y no es una petición de principio ni un acarrear agua para el propio molino, alguien que como casi todos los escritores importantes de este siglo terminó escribiendo poemas. Es el caso de Nietzsche, de Heidegger, de Samuel Beckett. El último poema de Samuel Beckett, que muestra algo que ya Octavio Paz había señalado en la primera parte de su obra "Aguila, o Sol". "No es hora de cantos". Uno podría pensar siempre es hora de cantos, de una manera o de otra el canto pone al hombre en su verdadero lugar. Pero en eso tiene razón, no es hora de cantos sino de balbuceos. Porque hay momentos en esta época, que no es verdad la ruptura, esta época de genocidio, de avasallamientos a pesar de todos los progresos, esta época que ha sentido como le faltaba el respeto al universo y a las cosas de la realidad. Esta época que ha quebrado a tantos hombres y que nos ha hecho sentir muchas veces que la vida y la sociedad no tenía sentido. Esta época en la cual en algunos momentos recurrimos a una expresión también rota, quebrada, deformada, maltratada para transmitir en forma directa lo que pasa, o no.
Este último poema de Beckett toca algo esencial en la poesía moderna, el cómo llegar a decir aquello que no se puede decir y que necesitamos, sin sustitución, decirlo. Les habla el Beckett de entonces, en traducción de Laura Cerrato, "Cómo decir", un último poema:
Como decir
Ultimo poema de Samuel Beckett (29-X-88)
Locura-/locura de-/de cómo decir-/locura
de este-/ desde-/locura desde este-/dado-
/locura dado lo que de-/visto/locura visto este-
/este-/cómo decir-/esto-/este esto-/esto aquí-
/todo esto este aquí-/locura dado todo lo-/visto-
/locura visto todo esto este esto aquí de-/de-/cómo
decir-/ver-/entrever-/creer entrever-/querer
creer entrever-/locura de querer creer
entrever qué-/qué-/como decir-/y dónde-/de
querer creer entrever qué donde-/dónde-/
cómo decir-/allí-/allá-/lejos-/lejos allí allá-/
apenas-/lejos allí allá apenas qué-/qué-/cómo
decir-/visto todo esto-/todo este esto aquí-/
/locura de ver qué-/entrever-/creer entrever-/
querer creer entrever-/lejos allí allá apenas
qué-/locura de allí querer creer qué-
/qué-/cómo decir-/cómo decir
Traducción de Laura Cerrato
Versión en francés
Comment Dire
folie-/folie que de-/que de-/comment
dire -/folie que de ce-/depuis-
/folie depuis ce-/donné-/folie donné que
ce que de-/vu-/folie vu ce-/ce-/
comment dire-/ceci-/ce ceci-/tout ce
ceci ci-/folie donné tout ce-/vu-/
folie vu tout ce ceci ci que de-/que de-/
comment dire-/voir-/entrevoir-/
croire entrevoir-/
vouloir croire
entrevoir-/
folie que de vouloir croire entrevoir
quoir-/quoi-/comment dire-/et ou-/
que de vouloire croire entrevoir ou-/Ou
/comment dire-/la-/la bas-/loin-/
loin la la bas-/Ia peine-/loin la la-bas a
peine quoi-/quoi-/comment dire-/
vu tuot ceci-/tout ce ceci-ci-/folie que
de voir quoi-/entrevoir-/
croire entrevoir-/vouloir croire
entrevoir-/Ioin la-bas apeine quoir peine-/
foile que d'y vouloir croire entre voir
quoi-/quoi-/comment dire-/
comment dire-/
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bagatelas lisergicas que no merecen que se pierda el tiempo en ellas.