Soy invisible para el amor material, soñado o falso. Ni siquiera este se pregunta si soy necio duende, ni investiga mi cordura ni consigue ver que lo que mueve mi cuerpo está lleno de torceduras y baches.
Si el silencio me invade, el amor se ríe en mi rostro, recordándome que no lo tengo.
Si pierdo la esperanza de pensar en tenerlo, me grita que lo mire y este juego, la locura, vuelve a empezar. Me hace creer que el color tunel de mis pensamientos, que trabajan en el crepúsculo para hacerme llorar, és el único con el que escribo.
Me desenfoco, me descoloco. Miro a mi alrededor y lo único que consigo ver, es a mi mismo.
El amor, maestro del culto de los altibajos, del enorme hueco que separa las montañas.
Te llega sin presentarse cuando llega tu época. Veo un ángel afilando sus flechas para ensañarse conmigo, no para clavarme sino directamente, destruirme.
Vivo atado a su burla, mi llanto desesperado y seco... Surge mi parte más confusa.
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